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Inés Laredo: una vida por el teatro PDF Imprimir Correo
04-07-2012 a las 15:21:10

En 1948, una joven inmigrante chilena llegó a Maracaibo para labrar su camino en la dirección y enseñanza teatral. Hoy suma más de 7 décadas de una vida ligada a las tablas


Roberto Torres Luzardo

En un barrio deprimido en las afueras de Santiago de Chile, una joven maestra llamada Inés Laredo sintió en carne propia el efecto mágico del teatro sobre la gente. Transcurrían los años cuarenta cuando el Centro Cultural Pedro Aguirre Cerda se erigió como un refugio para que los niños y jóvenes se alejaran de la violencia que los rodeaba. Jugaban damas, estudiaban música y hacían teatro. Sobre todo, se guarecían del crudo invierno sureño.


Las cosas lucían bien para la maestra. Tenía un buen trabajo ayudando a sacar a los jóvenes de las calles chilenas a través de su profunda fe en la cultura y las artes. Además, pagaban bien. Pero entonces, llegó el amor en la forma de Carlos Áñez, un pintor maracucho que por casualidad o destino se encontraba en el país por un intercambio cultural. 

 

  

“Con cada puesta en escena, el Teatro se llenaba hasta el fondo”
Foto: Jesse Hernández

A sus 90 años, no vacila al describir la dirección de su casa, y recuerda fechas, lugares y momentos con mayor precisión que alguien de la mitad de su edad. Los gestos de la Maestra del Teatro Zuliano –como se le conoce– van acompañando cada memoria, como si la teatralidad no la abandonara nunca. Con precisión recuerda también qué la hizo dejar atrás la patria en la que nació y venirse a Maracaibo. “Nos enamoramos, me casé con él y me vine para acá. No pensaba que se iba a venir a Maracaibo tan pronto”, suelta como un lamento. 


Laredo llegó a una Maracaibo rebosante de comercio y petróleo en 1948. Trajo pocas cosas en sus maletas, pero guardaba con celo su carga más valiosa: la formación que recibió en el Teatro Experimental de la Universidad de Chile bajo excelentes profesores. Esa pasión por la actuación tuvo rápidamente un desahogo en las radionovelas de la emisora Ecos del Zulia, uno de los primeros trabajos que tuvo al llegar. Fue allí donde se juntó a Josefina Urdaneta para comenzar a gestar el grupo “Sábado”, bautizado así por ser el día fijo de los ensayos.


Sin dinero, y por amor al arte, tomaron las tablas en 1950. Fue el primer grupo de teatro universitario en la región. Estudiantes de Medicina, Ingeniería, Derecho y otras carreras formaron parte del ensamble que montó unas 15 obras para el público marabino. La capital, los Andes Venezolanos y los campos petroleros de la Costa Oriental del Lago aclamaron sus magistrales puestas en escena. Y entonces, la dictadura arreció.


“Fue en 1953 que pusieron a unas autoridades perezjimenistas en LUZ y el nuevo rector nos dijo que no quería tener payasos en la universidad. Y nos botó. Mire, a mí se me salieron las lágrimas”. Mientras narra el doloroso momento –protagonizado por el exrector José Domingo Leonardi–, el rastro de acento chileno en su voz se hace más evidente. “El teatro era algo que uno quería y de repente nos dicen ‘váyanse, no sirven’… no fue fácil”, dice la maestra.
 
Retorno a las tablas


Luego del trago amargo, los aperos de la compañía teatral fueron relegados a los garajes de la gente amiga y las casas de los propios actores. El llamado de las tablas no los dejó aislarse por mucho tiempo y formaron una compañía libre en el legendario Teatro Baralt, donde se presentaban todas las semanas.


“Con cada puesta en escena, el Teatro se llenaba hasta el fondo, y la gente se ubicaba en el pasillo. Unos de pie, otros sentados. Eso le puede dar una idea de cuánto gustaba el teatro en la ciudad y cuánto la gente estaba acostumbrada a las funciones de nuestro grupo. No sé cómo hicimos tantas cosas bellas”.


El dinero nunca fue un estímulo, según dice la maestra. Les bastaba con juntar los Bs. 400 (de los antiguos) del arriendo del teatro y pagar la labor del escenógrafo “Y él no recibía tanto tampoco”, acota entre risas.


Con la democracia, en 1958, llegaron tiempos mejores
. “Cuando se fue el dictador vinieron tiempos muy buenos para el teatro. Los mismos alumnos hicieron cartas y pidieron que volviera el teatro universitario a LUZ. Y volvió. Y no paramos hasta 1969”, dice sonriente. 


Fue alrededor de este momento cuando, luego de 10 años, Inés y Carlos se separaron. “He podido volver a Chile, de hecho ya tenía todas mis cosas para devolverme… pero ya tenía el teatro”.  


Tras cerrar el capítulo del teatro universitario –“ya la gente estaba cansada de mí”–, Laredo se tomó una pausa del teatro y se dedicó de lleno a su primer oficio: la enseñanza. A finales de la década del ochenta, la ciudad le hace un merecido homenaje que, lamentablemente, hoy yace entre ruinas. La creación del Teatro Inés Laredo logra que retome la Cátedra de Teatro ad honorem y empiece a montar obras de nuevo. “Hicimos todas las obras de Cervantes. Luego ese grupo vino a pedirme que los ayudara… y pasé 25 años ayudándolos”. 


Recientemente, con motivo del Día Nacional del Teatro, su labor fue homenajeada por la Alcaldía de Maracaibo. En la pared de su amplio apartamento con vista al lago –modesto, pero lleno de arte–, cuelga ese reconocimiento, al igual que la Orden Jesús Enrique Lossada y el Doctorado Honoris Causa, ambos méritos otorgados por la Universidad del Zulia.


Se muestra orgullosa de los reconocimientos, pero está segura de que su mayor legado al teatro del país es la sombra de todos sus recuerdos, amén de la formación que legó a actores como Heberto Rosillón, Ana Lucía Fuenmayor, Luis González y Salvador Conde. Su rostro se ilumina cuando los enumera.

–¿Por qué cree que le dicen “La Maestra del Teatro”?
–Porque yo les enseñaba todo desde el comienzo, desde la “a” por lo redondo. Yo fui alumna de una escuela de Teatro y aprendí todos los métodos. En el Teatro Experimental de la Universidad de Chile aprendí a leer teatro y me dediqué por completo a él. A veces ensayábamos toda la noche y, por miedo de no volver a casa tan tarde, esperaba hasta que amaneciera. Ese esfuerzo me dio las facultades extra para poder formar. Tal vez solo me decían así porque yo era maestra en el Liceo Udón Pérez y en El Pilar.


–¿Por qué los gobernantes suelen apoyar poco el teatro?
Porque no lo conocen, ni saben. En cuestión de arte teatral son ignorantes. No les interesa porque no saben lo que es, ni han visto una obra de teatro. De haber visto una obra buena, bien montada y bien hecha quizás lo apoyarían. Tal vez nunca tuvieron tiempo para eso. A Maracaibo le hace falta más teatro, y más teatros. Al menos unos tres teatros en Maracaibo porque la población es muy grande. Qué bueno sería tener unos camiones que estén equipados para presentar en la ciudad obras cortas. Con luces, sonido y un escenario pequeño. Sobre todo obras cómicas, porque a la gente le gusta mucho reír. Pero hoy la gente se ríe del mal”.

–Hábleme de algunas de sus obras favoritas.

–Hubo dos obras que me fascinaron en la vida. Montserrat, que habla sobre un espacio de la vida de Simón Bolívar, cuando un soldado español se reveló a decir dónde lo tenían escondido y lo querían matar. Es una obra muy fuerte, de un vocabulario precioso. Me gustaban mucho La Zapatera Prodigiosa, de Federico García Lorca y La Casa de Bernarda Alba, donde también actué yo. Cuando hicimos La Cantante Calva me la aplaudieron mucho. Tanto así que el ego se me subió (sonríe).

La maestra del teatro en el estado siempre ensayó con las puertas abiertas de par en par. Sabía que así se enganchaba a los futuros teatreros. “Así cayeron unos cuantos”, admite con picardía. También concede que fue un poco regañona, pero que el secreto no estaba en el tirón de orejas sino en la vuelta a hacer y en escuchar los aportes que sus actores tenían. 


“Un secreto es ser humilde con lo que uno hace. El teatro no puede ser egoísta, porque es una cuestión de sociedad y todos están produciendo al mismo tiempo, entonces el director tiene que estar siempre a favor del equipo”.


Tras más de 7 décadas dedicadas al arte, y 90 años de vida a cuestas, a Inés Laredo no le tiembla el pulso ni se le quiebra la voz para reclamar a su Universidad un apoyo más contundente a las expresiones teatrales.


Luego de una vida entera enseñando a generaciones de actores, coordinando puestas en escena y entregando la energía de su ser a la cultura del estado, su mensaje se hace necesario para las generaciones teatrales nacientes. “Que nunca pierdan las ganas de hacer teatro. Que jamás pierdan oportunidades para impulsarse. Que no los ahoguen las circunstancias. Y sobre todo, que sean valientes”.





Última actualización ( 04-07-2012 a las 18:02:47 )
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